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La
lectura del artículo de J. A. Marina en el que
propone como solución a la violencia escolar la
formación progresiva del profesorado a través de una
red de tutores de convivencia, al par que desconfía
de que las leyes educativas puedan suponer una ayuda
efectiva a la conflictividad, fue contestado por APS,
que envió a varios diarios impresos y otros
digitales
un escrito en
el que exponía sus más que razonables dudas acerca
del éxito de lo sustentado por el filósofo. Ese
escrito fue publicado íntegramente por dos diarios
nacionales de los que operan en la red y más tarde
por
"El Periódico de Aragón",
que sin consultar con nosotros lo purgó en forma y
contenido. Requerido una y otra vez para que
en la edición que archiva en la hemeroteca repusiera
lo recortado, obtuvimos por respuesta el silencio.
Días después en el mismo medio apareció una
crítica a
nuestro escrito, firmada por un pedagogo,
en la que se nos achaca desviar el fracaso educativo
hacia los orientadores escolares y con ese pretexto
se hace una loa desmedida de las funciones que
desempeñan en los institutos acusándonos a la vez de
defender el autoritarismo y "sistemas
decimonónicos trasnochados". Evidentemente
nuestra preocupación mayor hoy no son los
orientadores escolares; por eso para aclarar el
asunto y defendernos de unas acusaciones carentes de
sentido enviamos una carta de respuesta al Periódico
de Aragón con el ruego de que si no la publicaban
nos lo hicieran saber para enviarla a otro medio. No
han respondido. La
carta sí puede leerse
en "Estrella Digital, uno de los diarios en
donde está el artículo inicial sin poda alguna.
Damos cuenta de todo en esta página.
LA VIOLENCIA EN LA
ESCUELA.
J. A. Marina. Extracto .El mundo. Enero 2006
(...) ¿Y qué podemos hacer? En primer lugar,
reconocer el problema. Después, saber que los
problemas educativos son complejos, y que es una
estupidez peligrosa pensar que un problema complejo
tiene una solución simple. Por ejemplo, una ley -sea
la LOGSE, la LOCE o la LOE- es una solución simple,
y por eso no resolverá ningún problema complejo.
Sucede algo parecido en el problema de la droga. Se
mezclan influencias sociales, psicológicas,
económicas, culturales. Ni la actuación de la
Policía -imprescindible- ni la actuación de Sanidad
-imprescindible también- van a resolver el problema.
Y lo mismo podría decides del fracaso escolar, o de
los embarazos de adolescentes, o de la falta de
civismo. Algunos municipios -Barcelona, Valladolid y
Sevilla, por ejemplo- están embarcados en campañas
para promover las conductas cívicas y reprimir las
incívicas. En Estados Unidos hay toque de queda para
adolescentes en algunas ciudades. Tony Blair acaba
de presentar el Plan Respeto de medidas
contra las acciones inciviles. El Plan contempla la
posibilidad de expulsar de sus casas durante tres
meses a los vecinos antisociales, que pasarían
temporalmente a
viviendas de castigo. También prevé
sanciones que pueden ser de cárcel para los padres
cuyos hijos en edad obligatoria no vayan a la
escuela. Piensa multar con 1.480 euros a los padres
de alumnos que cometen actos de violencia en la
escuela. Estas medidas coactivas pueden ser
necesarias, pero producirán también muchas victimas
inocentes, porque hay muchos padres que no son
responsables de la conducta de sus hijos. De poco
servirán esas medidas si no consiguen el apoyo de
mucha gente (...) :
(...) Estamos en condiciones de poner en práctica soluciones
eficaces para resolver el problema. Tendrán que
colaborar todos: autoridades educativas, profesores,
asociaciones de madres y padres, iglesias, servicios
sociales. Pero tenemos que dejar de quejamos y
ponemos a trabajar. Se nos va la fuerza por la boca
y, en el fondo, creo que nos hemos instalado
cómodamente en un sistema de excusas para
tranquilizar la conciencia sin hacer nada: los
padres echan la culpa a la escuela, la escuela a los
padres, todos a la televisión, la televisión dice
que ella depende de los espectadores, y que si
mejoramos a los espectadores ella mejorará los
programas, por fin todos nos dirigimos al Gobierno,
y el Gobierno hace una ley. Y vuelta a empezar.
¿Y
si nosotros, los profundamente interesados en
resolver el problema, nos decidiéramos a mejorar la
suerte de nuestros hijos, trabajando desde abajo,
por capilaridad, con ese optimismo tenaz que ha
salvado a la Humanidad? Sin duda, conseguiríamos
transfigurar la realidad educativa. Aprovechando las
soluciones más eficaces que otros países han puesto
en práctica, mis colaboradores y yo hemos elaborado
un protocolo para solucionar el problema de la
violencia en los centros de secundaria. En él se
recogen unas tareas concretas para los padres, los
consejos escolares, los directores de los centros y
el claustro. Son medidas sencillas y efectivas. Se
ha demostrado, por ejemplo, la utilidad de que haya
en cada escuela o instituto un tutor de convivencia,
especialmente formado en estos temas, encargado de
centralizar la información, aconsejar a sus
compañeros, comprobar que las medidas se ponen en
práctica, y estar en relación con otros centros, con
expertos externos, con los servicios sociales, con
los padres y con las autoridades educativas. Formar
en cada comunidad a 50 tutores, que a lo largo del
año pudieran a su vez formar a 100 tutores cada uno,
supondría tener en un año una red de 85.000 docentes
preparados para comenzar a enfrentarse con este
problema. Tenemos una red de centros de profesores y
recursos, que está infrautilizada, y que podrían
tutelar y apoyar esos proyectos. No necesitamos más
leyes. Necesitamos gestión educativa. Estar a pie de
obra. Animar a la gente. Buscar colaboraciones.
Organizar, concienciar, premiar, criticar, ayudar.
Hacer leyes educativas es toreo de salón.
Por mí, que no quede. El plan de que les hablo está
a disposición de todo el mundo en
www.joseantoniomarina.net. Junto con la
bibliografía correspondiente, resumida y puesta al
alcance de todos. Tenemos un sistema educativo muy
poderoso, pero .que a veces parece un diplodocus
dormido. Y así va a seguir a no ser que todos
ayudemos a despertarlo. La escuela necesita de la
sociedad tanto como la sociedad necesita de la
escuela. Dicho todo esto, la pregunta importante es:
y usted, ¿qué está dispuesto a hacer?
CONFLICTIVIDAD EN LA ESCUELA.
Artículo fragmentado (no sabemos si
intencionadamente) en "El Periódico de
Aragón".
ALEJANDRA Gallardo
(10/02/2006)
Hace unos días
aparecía un extenso artículo en el que José
Antonio Marina analizaba, entre otros casos de
violencia juvenil, la producida en las aulas de
Secundaria y proponía a la vez soluciones que él
mismo y otros profesionales de su entorno se estaban
encargando de gestionar. Sus apreciaciones acerca de
la preocupación de los docentes por faltas de
disciplina, alteraciones del orden de la clase,
ausencia de clima de estudio o agotamiento del
profesor debido al esfuerzo son compartidas por la
comunidad escolar. Es, asimismo, probable que los
juegos de ordenador, la televisión, la quiebra del
capital comunitario, la crisis de la familia o las
dificultades para integrar a las diversas culturas
de la inmigración sean nuevos factores de
desestabilización de la convivencia en los centros.
Más difícil resulta asentir a los remedios que él y
los suyos proponen para que la conflictividad en
Secundaria pueda variar el rumbo.
Es cierto que el papel de los políticos
deja mucho que desear. Pero debo recordar que un reciente informe de la
Fundación la Caixa señalaba el malestar del profesor por la importancia que
han adquirido unos pretendidos expertos que desde los despachos
universitarios o los gabinetes psicopedagógicos intentan corregir el fracaso
escolar. Unos y otros están alejados del quehacer cotidiano en las aulas y
si bien los primeros desconocen casi por completo lo que es la docencia, los
segundos tienden a sustituir por reflexiones, cuando no especulaciones,
teóricas lo que es la práctica real de la docencia; esto es, lo que el
profesor que imparte su clase diaria observa, experimenta y padece. Y es al
profesor en activo al que no se requiere para resolver el problema
educativo, pero no porque advierta en él pasividad o desinterés, sino porque
la Administración desoye sus peticiones.
Los profesores de la escuela pública
apenas hemos sido escuchados en la tramitación de la nueva ley. Se ha hecho
caso omiso de nuestra opinión en el ámbito académico; también hemos sido
"ignorados" como se dice ahora en nuestro rechazo a la escuela privada
concertada, en un pie de igualdad con la pública tras la LOE, y en otros
muchos aspectos, pero lo más grave es que se nos niegue una y otra vez la
confianza, autoridad y atribuciones que venimos reclamando desde la LOGSE.
Las propuestas regeneradoras del señor
Marina pueden parecer novedosas, pero tienen antecedentes. A finales de los
80 la Administración socialista intentó crear una red de expertos
(formadores de formadores), que convenientemente instruidos en el ámbito de
la psicología cognitivista y liberados del trabajo en las aulas, habrían de
ir adiestrando paulatinamente al resto de los docentes en nuevos usos. En
los 90 se inventó la figura del orientador escolar, psicólogo por supuesto,
que a la postre ha resultado un mediador entre el centro educativo y las
familias de alumnos con problemas, académicos o de otra índole. Ni unos ni
otros han cubierto los objetivos y a buen seguro que las ideas del ilustre
filósofo, similares en el fondo, seguirán idéntico camino.
Tampoco se puede estar de acuerdo en que
una ley es una solución simple que no resuelve los problemas educativos. Las
leyes son importantes si están en consonancia con la voluntad de quienes
tienen que aplicarlas. Una ley de educación debe ser puesta en práctica por
los profesores y en caso de contar con su aquiescencia puede ser altamente
beneficiosa para conseguir sus fines. ¿Es fruto de un impulso primario la
decisión francesa de dotar a los centros de normas que impidan la violencia
contra los profesores? ¿Ha sido más efectivo el sistema Marchesi
--hagan el balance de los tres últimos lustros-- que promete serlo el método
Sarkozy? ¿Alguien está seguro de que las medidas tomadas en
Inglaterra con multas a padres cuyos hijos cometan faltas de disciplina o
las penas para la inasistencia a clase no darán resultado alguno? Es posible
que estas soluciones no cuenten con el respaldo de todo el tejido social,
pero al menos están intentado crear un clima de respeto y seguridad que
evite al profesor sobresaltos que ahora sufre.
Hay que recuperar el respeto al profesor y
la disciplina en los centros. Y en eso las leyes son fundamentales. Si bien
es verdad que la nueva ley otorga al director capacidad para imponer las
medidas disciplinarias que correspondan a los alumnos, aunque se faculte al
Consejo Escolar para revisar las sanciones mas gravemente perturbadoras, el
profesorado ni a través del Claustro ni en nombre propio podrá aplicar
sanciones en el momento en que se producen las faltas. Pero además el
director será elegido por una comisión en la que el profesorado no es sino
un tercio del total lo que hará de él una figura al servicio de instancias
ajenas a sus colegas. La autonomía del profesor seguirá siendo nula y la
desconfianza en él de los poderes públicos muy grande.
También la ley se hace eco de otro aspecto
interesante que no desarrolla, pero que de hacerlo podría ayudar a corregir
las dificultades de convivencia sin salir de la esfera de la docencia: la
implicación familiar en la educación, a la que se alude en el preámbulo,
pero olvidada más tarde en el articulado. En casos graves o muy graves de
indisciplina, faltas a clase, acoso escolar o perturbación de la vida
académica debería arbitrarse un procedimiento por el cual la Administración
se pusiera en contacto con los padres de estos alumnos y los indujera u
obligara a cuidar de la educación de sus hijos.
Sería deseable que la sociedad asumiera
que la perfectibilidad del ser humano radica en la educación. Pero mientras
eso no suceda es la Administración la que ostenta la capacidad de decidir. Y
está en su mano dejar a quienes tienen el deber y la obligación de acudir
todos los días a las aulas la solución de sus problemas ofreciéndoles los
medios que demandan.
Catedrática de Instituto y miembro de la
dirección de APS Aragón
Conflictividad en la escuela
Alejandra Gallardo
Palomo. Catedrática de Instituto y
miembro de la dirección de APS Aragón
06.02.06 @ 15:04:44. Archivado en
Sociedad,
Educación
Hace
unos días aparecía en la prensa un extenso artículo
en el que José Antonio Marina analizaba, entre otros
casos de violencia juvenil, la producida en las
aulas de Secundaria y proponía a la vez soluciones
que él mismo y otros profesionales de su entorno se
estaban encargando de gestionar. Sus apreciaciones
acerca de la preocupación de los docentes por faltas
de disciplina, alteraciones del orden de la clase,
ausencia de clima de estudio o agotamiento del
profesor debido al esfuerzo son compartidas por la
práctica totalidad de los miembros de la comunidad
escolar.
Es, asimismo, probable que los
juegos de ordenador, la televisión, la quiebra del
capital comunitario, la crisis de la familia o las
dificultades para integrar a las diversas culturas
de la inmigración sean nuevos factores de
desestabilización de la convivencia en los centros
educativos. Algo más difícil resulta asentir a los
remedios que él y los suyos proponen para que la
conflictividad en la Educación Secundaria pueda
variar el rumbo que en la actualidad ha tomado.
Es cierto que el papel de los
políticos deja mucho que desear y que no debieran
ser ellos precisamente quienes propusieran,
discutieran y elaboraran las leyes educativas. Pero
debo recordar que un reciente informe de la
Fundación la Caixa señalaba el malestar del profesor
por la importancia que han adquirido unos
pretendidos expertos que desde los despachos
universitarios o los gabinetes psico-pedagógicos
intentan corregir el fracaso escolar. Unos y otros
están alejados del quehacer cotidiano en las aulas y
si bien los primeros desconocen casi por completo lo
que es la docencia, los segundos tienden a sustituir
por reflexiones, cuando no especulaciones, teóricas
lo que es la práctica real de la docencia, esto es,
lo que el profesor que imparte su clase diaria
observa, experimenta y padece. Y es precisamente al
profesor en activo al que no se requiere para
resolver el problema educativo, pero no porque se
advierta en él pasividad o desinterés, sino porque
la Administración desoye sus peticiones y no muestra
la confianza de que sí gozan otros colectivos que
también dedican sus esfuerzos a la esfera pública
como jueces, médicos o los propios parlamentarios.
Los profesores de la escuela
pública apenas hemos sido escuchados en la
tramitación de la nueva ley. Se ha hecho caso omiso
de nuestra opinión en el ámbito académico
(itinerarios, posibilidad -excepcional- de pasar de
curso con tres materias pendientes, exámenes de
septiembre, promoción automática en ciertos casos,
titulación adecuada); también hemos sido “ignorados”
como se dice ahora en nuestro rechazo a la escuela
privada concertada, en un pie de igualdad con la
pública tras la LOE, y en otros muchos aspectos,
pero lo más grave es que se nos niegue una y otra
vez la confianza, autoridad y atribuciones que
venimos reclamando desde la entrada en vigor de la
LOGSE.
Las propuestas regeneradoras del
señor Marina pueden parecer novedosas, pero tienen
antecedentes. A finales de los ochenta la
Administración socialista intentó crear una red de
expertos (Formadores de Formadores), que
convenientemente instruidos en el ámbito de la
psicología cognitivista y liberados del trabajo en
las aulas, habrían de ir adiestrando paulatinamente
al resto de los docentes para que adecuaran su
práctica a los nuevos usos. Ya en los noventa se
inventó la figura del Orientador Escolar, psicólogo,
por supuesto, que a la postre ha resultado, en la
mayoría de los casos, un mediador entre el centro
educativo y las familias de los alumnos con
problemas, académicos o de otra índole. Ni unos ni
otros han cubierto los objetivos para los que fueron
creados y a buen seguro que las ideas del ilustre
filósofo, similares en el fondo, seguirán idéntico
camino. Y no porque en sí sean a priori desechables
sino porque se alejan del sentir del profesorado de
la escuela pública. El profesor de instituto precisa
el reconocimiento efectivo y la valoración de su
tarea y no necesita 'la función de un tutor de
convivencia (…) que aconseja a compañeros' ni
cree, por tanto, que su extensión a cientos y
cientos de profesores en unos años pueda ser algo
más que un nuevo experimento.
Tampoco se puede estar de acuerdo
en que 'una ley es una solución simple que no
resuelve los problemas educativos'. Las leyes
son importantes si están en consonancia con la
voluntad de quienes tienen que aplicarlas. Una ley
de educación debe ser puesta en práctica por los
profesores y en caso de contar con su aquiescencia
puede ser altamente beneficiosa para conseguir sus
fines. ¿Es fruto de un impulso primario la decisión
francesa de dotar a los centros escolares de normas
que impidan la violencia contra los profesores? ¿Ha
sido más efectivo el sistema Marchesi –hagan el
balance de los tres últimos lustros- que promete
serlo el método Sarkozy? ¿Alguien está seguro de que
las medidas que van a tomarse en Inglaterra con
multas a padres cuyos hijos cometan faltas de
disciplina o las penas para la inasistencia a clase
no darán resultado alguno? Es posible que las
soluciones propuestas en esos países no cuenten con
el respaldo de todo el tejido social, pero al menos
están intentado crear un clima de respeto y
seguridad que evite al profesor los sobresaltos
cotidianos que ahora debe sufrir.
Hay que recuperar el respeto al
profesor y la disciplina en los centros. Y en eso
las leyes son fundamentales. Si bien es verdad que
la nueva ley otorga al director a través del art.
132 capacidad para imponer las medidas
disciplinarias que correspondan a los alumnos,
aunque se faculte al Consejo Escolar para revisar
las sanciones mas gravemente perturbadoras, el
profesorado ni a través del Claustro ni en nombre
propio podrá aplicar sanciones en el momento en que
se producen las faltas. Pero además el director será
elegido por una comisión tripartita en la que el
profesorado no es sino un tercio del total lo que a
buen seguro hará de él una figura al servicio de
instancias ajenas a sus propios colegas. La
autonomía del profesor seguirá siendo nula y la
desconfianza en él de los poderes públicos muy
grande. Para muestra un botón: en Aragón, es
preceptivo que el director envíe un informe a la
Administración antes de tomar una decisión sobre
determinadas sanciones de faltas muy graves, lo que
imposibilita de hecho el cambio de centro de un
alumno aunque claustro, consejo escolar y director
estén de acuerdo con la medida.
También la ley se hace eco de
otro aspecto interesante que no desarrolla, pero que
de hacerlo podría ayudar a corregir las dificultades
de convivencia sin salir de la esfera de la
docencia: la implicación familiar en la educación, a
la que se alude en el preámbulo, pero olvidada más
tarde en el articulado. En los casos graves o muy
graves de indisciplina, faltas a clase, acoso
escolar o perturbación de la vida académica debería
arbitrarse un procedimiento por el cual la
Administración se pusiera en contacto con los padres
de estos alumnos y los indujera u obligara a cuidar
de la educación de sus hijos para que mantuvieran su convivencia externa. De no hacerlo así,
el seguimiento de esas familias debería comportar
algún tipo de corrección hasta lograr la convivencia
requerida. Esto, que parece que sí puede ser útil en
las escuelas inglesas, todavía está a tiempo de
desarrollarlo nuestro país cuando la ley se discuta
en el Senado.
Sería deseable que la sociedad en
general y los responsables de los medios de
comunicación en particular asumieran que la
perfectibilidad del ser humano radica en la
educación que se le dispense en su infancia y
adolescencia. Pero mientras eso no suceda es la
Administración la que ostenta la capacidad de
decidir. Y está en su mano dejar a quienes tienen el
deber y la obligación de acudir todos los días a las
aulas la solución de sus problemas ofreciéndoles los
medios que demandan. Si una vez hecho esto, las
cosas siguen igual, quizá haya que considerar
propuestas más ingeniosas porque, quién sabe si
accidentalmente, alguna dará en el clavo.
LA
ORIENTACIÓN COMO MEJORA.
Extracto de un artículo aparecido en "El
Periódico"
Recientemente se ha publicado un
artículo de opinión (...) en el que se
pone en entredicho el papel de los
orientadores en los centros educativos y
poco menos que nos hace responsables del
actual fracaso escolar. La profesora
Alejandra Gallardo llama
despectivamente gabinetes
psicopedagógicos a los actuales equipos
de Orientación Educativa y
Psicopedagógica que intervienen en los
colegios de Infantil y Primaria; y por
otro, departamentos de Orientación a los
que lo hacen en los institutos. Todos
nosotros hemos aprobado una oposición al
cuerpo de profesores de Educación
Secundaria por la Especialidad de
Psicología y Pedagogía, igual que otros
lo han hecho por Matemáticas o por
Lengua, con la diferencia que en nuestro
caso ni siquiera podemos optar a ser
catedráticos como ella porque la
administración educativa aragonesa nunca
ha convocado el acceso a cátedras en
nuestra especialidad. Por tanto, es
inexacto que todos los componentes son
psicólogos, ya que hay también
pedagogos, psicopedagogos y de otras
muchas licenciaturas universitarias tal
como en cualquier otra especialidad.
Parece desconocer la realidad del
Sistema Educativo Español cuando se nos
tilda de que "hacemos especulaciones
teóricas alejados de las aulas" cuando
estamos a tiempo completo en los centros
educativos e incluso impartimos docencia
directa en asignaturas como Psicología
en Bachillerato o Transición a la Vida
Activa y Adulta en Secundaria.
(...) lo que subyace con este
artículo es un menosprecio hacia la orientación educativa, (...) y lo que es
peor, se destila un tufillo elitista y autoritario como si se añoraran
sistemas de enseñanza decimonónicos ya trasnochados por suerte. Resolver el
fracaso escolar con más expulsiones y segregando a los alumnos con más
dificultades en lugar de solucionar el problema lo agravaría sin duda. (...)
nuestro papel es tan importante, porque podemos ayudar al profesorado a
determinar las necesidades educativas de los alumnos y darles la respuesta
adecuada. Para ello hace falta que nuestras escuelas sean mucho más
flexibles, con muchos más recursos humanos y que se adapten a la realidad de
nuestra sociedad.
(...) Ayudamos a los alumnos
con más dificultades y también a los que tienen mayor capacidad; orientamos
a la totalidad de los alumnos a través de los profesores tutores o incluso
directamente, asesoramos a las familias e incluso incidimos en su formación;
también asesoramos al profesorado en la multiplicidad de problemas de
nuestros alumnos: déficit de atención, desmotivación, acoso escolar, alta
capacidad, toxicomanías, anorexia, bulimia, conflictos emocionales y un
amplio etcétera. En algunos casos servimos de puente entre los alumnos y los
profesores o entre éstos y las familias, facilitamos información de los
centros especializados para determinadas patologías o salidas educativas,
coadyuvamos en la conexión entre los centros de primaria y secundaria, nos
coordinamos con otros especialistas sociales o sanitarios y un amplio número
de otras funciones. Consideramos que en la escuela actual es más importante
una educación emocional que la basada exclusivamente en contenidos
memorísticos.
(...) A mi parecer las
medidas preventivas y las sanciones de tipo pedagógico en lugar de las
clásicas sanciones contribuirán a mejorar el clima en el aula. Que además
deben pasar por potenciar de verdad nuestros centros educativos disminuyendo
las ratios y haciéndolos mucho más reducidos. Consideramos que es
indispensable que en todos los centros educativos exista un clima adecuado
para impartir docencia. Precisamente gran parte de los errores de nuestra
escuela se deben a que precisamente no se han tomado decisiones pedagógicas
teniendo en cuenta la opinión de los expertos, la mayor parte de estas
decisiones han sido de tipo económico y de cara a la galería. La mejor
medida de que las familias se impliquen más en la educación de sus hijos
deberá contar con la ayuda de profesionales tal como los orientadores. En
todos los informes de la OCDE se resalta la importancia de la orientación
educativa y profesional para lograr reducir el fracaso escolar y mejorar la
calidad del sistema educativo.
BARRER PARA CASA
Alejandra Gallardo Palomo. APS Aragón.
22 de febrero de 2006.
Hace poco remití un artículo de
opinión a un diario aragonés y sin previo aviso
salió fragmentado -está completo a modo de carta en
Estrella Digital del 7 de febrero- de tal forma que
los pasajes más críticos con la Ley de Educación y
sus valedores en Aragón desaparecieron. Días después
el mismo medio publicaba otro titulado “La
orientación como mejora” en el que se criticaban
algunas de mis opiniones. El autor, licenciado en
Pedagogía, interpretó que yo achacaba a los
orientadores el fracaso escolar y que atribuía a los
gabinetes psicopedagógicos que operan en la Escuela
Infantil y Primaria la elaboración de los supuestos
que conforman las leyes educativas. A quien quiera
detenerse en mi artículo le asaltarán dudas
razonables acerca de la competencia lectora del
detractor.
Se afana en defender el aumento del número de orientadores, para quienes
reclama incluso una cátedra ¿la de Transición a la vida….? ¿O la más
moderna de Educación para la ciudadanía? Al paso que vamos todo se
andará. Pero cualquier profesor en activo sabe que el orientador de un
centro, salvada su bonhomía personal, no imparte contenidos y su quehacer
-por más que el firmante se extienda en una prolija enumeración de
excelencias- se queda casi siempre en un metodologismo vacuo que apenas
aprovecha al profesor de materia, a quien las normas obligan a asistir a
múltiples reuniones orientativas cuyo único objeto es coleccionar decenas de
fotocopias que archiva inmediatamente.
El autor, siguiendo a pie juntillas la línea educativa oficial y armado de
toda la retórica al uso, se atreve a motejar de anticuados y autoritarios a
quienes con treinta años de experiencia y muchas reformas a la espalda
defendemos la cultura del esfuerzo, el respeto al profesor, la autonomía de
los centros o las competencias disciplinarias del claustro, algo que no
parece afectarle en demasía como tampoco, entre otros muchos aspectos, el
alarmante número de profesores a los que la actitud de ciertos alumnos y el
desamparo de la Administración ha obligado a guardar semanas o meses de
reposo.
Nuestros dardos no van dirigidos al cometido “metadocente” de los
orientadores, sino a la orientación que está tomando la educación con la ley
en ciernes y al auge de ciertas propuestas novedosas. Y de eso escribiremos
largo y tendido allí donde nos permitan hacerlo sin recortes.
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